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TODO SUMA: EL TIEMPO PERFECTO DE DIOS

Durante mucho tiempo repetí la frase “estoy en el tiempo perfecto de Dios y en el tiempo perfecto de Dios todo es perfección” como una verdad espiritual que calmaba la mente. 


Hoy la sigo sosteniendo, pero desde un lugar mucho más real y encarnado. Porque el tiempo perfecto de Dios no excluye la duda, la angustia ni el dolor. Al contrario: los contempla. Incluye incertidumbre en los momentos de quiebre, asombro en los cambios y dolor en los procesos de evolución. Y aun así —o precisamente por eso— siempre hay propósito.


Hubo una etapa de mi vida profundamente marcada por el Derecho. Lo estudié, lo ejercí y lo amé. Mi vocación jurídica siempre estuvo atravesada por un sentido de servicio y de responsabilidad social. Durante años creí que ese sería mi lugar definitivo: primero en lo público, luego en distintos espacios donde podía aportar desde el conocimiento y la estructura. Sin embargo, una y otra vez aparecían dilemas éticos, intereses ajenos a mis valores o escenarios en los que la coherencia interior comenzaba a tensarse. Y cuando sentía que mi integridad debía ponerse en juego, elegía retirarme. No desde el rechazo, sino desde la fidelidad a lo que mi conciencia me pedía en ese momento.


Durante algunos meses le pregunté a Dios por qué me había llevado por ese camino si, aparentemente, mi rumbo estaba en otro lado. La astrología apareció como un lenguaje vivo, como una forma de comprensión que me conectaba con el sentido profundo de las experiencias humanas. Después de cada sesión sentía algo que no había sentido antes: el alma vibrando desde la claridad, no desde la certeza. Y aun así, la duda humana persistía. ¿Había sido un error todo lo anterior? ¿Había tiempo “mal invertido”? ¿Había elegido mal?


La respuesta llegó, como suele hacerlo, sin avisar y en el momento justo. Hace poco, al verme nuevamente frente a una situación que requería mi mirada jurídica, comprendí algo con una claridad imposible de forzar: nada había sido un desvío. 


Cada estudio, cada trabajo, cada dilema ético, cada renuncia, incluso aquello que en su momento no entendí, había construido una base interna que hoy sostiene mi forma de mirar, de discernir y de acompañar. 


Incluso ese año de estudio de Derecho Roman (que parecía tan lejano y que tanto me fascinaba por su mirada del orden social y jurídico del Imperio) apareció dando estructura conceptual a lo que hoy puedo escribir y transmitir. Ahí entendí, sin romanticismo, que TODO SUMA.


Nada se desperdicia en el plan divino. La coherencia no exige ocupar un solo rol ni encasillarse en una identidad definitiva. Hoy estoy aquí, escribiendo, acompañando y dando consultas como astróloga; mañana no sé qué me pedirá Dios. Tal vez vuelva a ejercer como abogada, tal vez me lleve a otro espacio de servicio que hoy ni siquiera imagino. 


Y eso no sería un retroceso ni una contradicción, sino una expansión más de la vida. Porque cuando el corazón está disponible, cada etapa suma, cada conocimiento encuentra su lugar y cada experiencia se resignifica. Todo cambia, todo se mueve… y aun así, o precisamente por eso, todo es mejor.


Desde ahí comprendí algo esencial: nuestro verdadero trabajo no es controlar el futuro ni quedar atrapados en la melancolía del pasado, sino habitar el presente con plena conciencia. 


Estar en el ahora no es resignación; es fe activa. Es vivir este instante (con lo que trae y con lo que duele) con la convicción de que incluso aquí, incluso ahora, estamos en el tiempo perfecto de Dios.


Vivir desde esa premisa implica encarnar la experiencia completa de ser humanos. Sentir las emociones sin negarlas ni anestesiarlas. Reconocer que existen límites fuera de nuestro alcance material, energético y mental. Aceptar, con humildad, que estamos haciendo lo mejor que podemos con lo que tenemos y con lo que sabemos hoy. 


Eso también forma parte del plan divino y del modo en que el libre albedrío se ejerce con conciencia.


Nunca sentí la necesidad de querer saber el futuro. Y cuando en algún momento esa información apareció sin que yo la buscara, lejos de distraerme o condicionarme, reafirmó algo esencial: Dios tiene el control, hay un plan que sostiene cada experiencia, y el libre albedrío cuando se vive con conciencia, sabe cómo responder. 


La vida es tan maravillosa que, incluso cuando alguien acude a prácticas para “saber el futuro”, mientras la experiencia (ese futuro que se predijo) está ocurriendo no suele reconocerse. No porque falte información, sino porque en ese instante la mente no está al mando: quien guía es el alma. 


Es después, cuando la vivencia ya fue atravesada y el libre albedrío eligió su camino, que aparece la lucidez y se recuerda, entonces sí, aquello que alguien alguna vez dijo. Pero nunca durante.


Cuando Dios quiere darte un mensaje, no necesitas perseguirlo. Llega. Porque cuando te toca, ni aunque te quites; y cuando no te toca, ni aunque te pongas. Esa es la maravilla —y el misterio— del tiempo perfecto de Dios: no responde a la ansiedad humana, sino a una sabiduría que nos excede y, al mismo tiempo, nos sostiene.


Por eso mi invitación es clara: conócete a ti mismo. Empodera tu libre albedrío desde la conciencia, no desde la adivinación o la ilusión de un mundo que no está encarnado. Vive tu presente con toda tu capacidad, percibiendo y sentir en el cuerpo cada emoción. Porque sin emociones esta vida no sería vida. Y porque incluso aquello que hoy no entiendes, incluso lo que hoy duele, también está sumando.


En el tiempo de Dios, nada es inútil.

Nada es error.

Nada llega tarde.


Y aunque no siempre sea cómodo, en Su tiempo, todo es perfección.


 
 
 

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