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El fluir del destino y la verdadera labor de la luz

A veces queremos entender por qué nos suceden ciertas cosas o cómo evitar que algo ocurra. Pero la verdad es que la energía disponible para nosotros necesita ser vivida tal como se presenta.


No está en nuestro poder cambiar hechos que forman parte del plan divino. Hay experiencias que simplemente deben cumplirse, porque así fueron dispuestas por Dios y por nuestra alma, en su infinita sabiduría, para impulsarnos a evolucionar. Y eso no es castigo: es propósito.


Claro que existe una parte que sí podemos elegir: la forma en la que transitamos lo inevitable. Esa es la elección que suaviza el proceso, que lo vuelve más consciente y amoroso. No borra la experiencia, pero sí la transforma.


El libre albedrío no es la posibilidad de evitar el destino, sino la gracia de decidir con qué nivel de conciencia lo vamos a vivir. Por eso, destino y libre albedrío no se oponen: coexisten como dos regalos divinos, ambos puestos al servicio de nuestra evolución.


Cuando la energía llega, en forma de emoción, suceso, circunstancia, persona o síntoma, lo hace a través de un canal único de expresión. Ese canal no puede ser forzado, desviado ni negado. Lo que sí podemos hacer es acompañarlo: permitir que fluya con comprensión, sostenerlo con presencia y guiarlo con fe. Intentar manipular la energía solo nos aleja de su enseñanza y del propósito que tiene en nosotros.


Las terapias y herramientas de luz no están aquí para cambiar nuestro destino, sino para acompañarnos a comprenderlo y a vivirlo con conciencia. Su verdadera función es ayudarnos a recordar la sabiduría de nuestra alma, empoderando la intuición y fortaleciendo la confianza en la guía interior que Dios nos dejó como brújula. Por eso, jamás debemos tomar como verdad absoluta lo que alguien nos prediga o afirme como cierto si nuestra voz interior dice que no lo es. Si algo no resuena contigo, tu intuición tiene la razón.


Y esto nos invita a un trabajo más profundo: el del discernimiento. Porque no podemos asegurar que todos los que practican estas herramientas lo hagan desde la luz; a veces el ego se disfraza de sabiduría y, sin intención, puede sembrar miedo en lugar de conciencia.


La luz auténtica nunca impone, nunca manipula ni infunde temor. La luz verdadera acompaña, guía y sostiene, permitiendo que tú mismo descubras tu verdad interior.


Cuando cuesta encontrar el “para qué”, cuando el sentido parece perdido, ahí es donde estas prácticas, como la astrología evolutiva, el tarot, las constelaciones, las flores de Bach o cualquier camino espiritual, se convierten en compañeras de fe y autoconocimiento, no en oráculos de certezas. No están para decirte qué pasará, sino para ayudarte a reconocer lo que tu alma ya sabe. Nuestra alma siempre está en sabiduría de lo que necesita experimentar. A veces, la mente y el ego se interponen y nos hacen dudar del propósito. Pero el propósito del alma es uno solo: evolucionar para trascender.


La conciencia nos ayuda a elevarnos por encima del miedo, del control y del dolor.

Y cuando nos resistimos a que la energía se exprese como fue dispuesta, la vida nos detiene: a veces a través del cuerpo, del dinero, de las relaciones o de una situación límite que nos sacude para despertar. No hay nada más poderoso que la creación de Dios.


Por eso, en lugar de preguntarnos “¿por qué me pasa esto?”, aprendamos a decir:

¿Para qué está sucediendo esto?”

Ahí comienza la comprensión… y con ella, la conciencia.


Las terapias de luz no son una vía de escape, sino una forma de mirar con más amor y claridad lo que ya está frente a nosotros. El discernimiento, en ese sentido, es también una forma de amor: es la manera en que cuidamos nuestra fe, nuestra mente y nuestra energía.


La verdadera labor de la luz no es adivinar ni controlar, sino recordarte que la sabiduría y la guía que buscas ya habitan en ti. La verdadera luz acompaña tu proceso para que puedas ver con claridad lo que tu alma sabe, aunque tu mente aún lo niegue. Porque el poder de la luz no está en predecir, sino en despertar conciencia. Y ahí, justo ahí, reside el libre albedrío:


¿Desde qué conciencia vamos a elegir vivir este destino?.

¿Desde la baja o desde la alta?.

¿Desde el papel de víctimas o desde el de almas en constante evolución que vinimos a trascender?.


El fluir del destino no se trata de adivinar, sino de entregarse a la sabiduría divina que te habita, sabiendo que cuando sigues la voz de tu alma, caminas en luz.



 
 
 

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